De los caballos a los algoritmos: la cultura en la era digital
Es muy enriquecedor compartir ideas, tradiciones y costumbres de nuestra cultura con personas de otras partes del mundo. Con este intercambio fomentamos diversidad, tolerancia, empatía y acceso a la información. Este fenómeno se conoce como globalización cultural.
Vayamos por partes, el catedrático Jeffrey Sachs plantea que la globalización ha pasado por siete grandes etapas:
1️⃣ En el Paleolítico, cuando los primeros grupos de seres humanos migraron de África a otras partes del mundo
2️⃣ En el Neolítico, con los primeros asentamientos humanos permanentes
3️⃣ En el año 3000 A. C., con la domesticación del caballo
4️⃣ En la era clásica, cuando aparecieron las civilizaciones que sentaron las bases del mundo actual
5️⃣ En la era oceánica, cuando se consolidaron los grandes imperios globales
6️⃣ En la Revolución Industrial, periodo de gran transformación económica, social y de producción
7️⃣ Finalmente, en la era digital de los 2000
Y no es casualidad que cada uno de los periodos que describe se caracterizan por cambios significativos en el ámbito tecnológico y que, a su vez, modificaron la formación de las sociedades y sus reglas.

Cuando aterrizamos la globalización en el campo de la cultura, hablamos de construcciones más complejas como identidades colectivas e individuales, relaciones sociales, conocimientos compartidos y los tipos de productos culturales.
Si bien, es un proceso de integración e intercambio que resulta muy enriquecedor, también ha amplificado efectos negativos sociales como: desigualdades, homogeneización cultural, pérdida de identidad local y apropiación cultural.
Aquí es donde la digitalidad tiene un papel importante en esta paradoja. Porque así como la interconexión ha contribuido a visibilizar problemáticas a nivel mundial, también ha propiciado la imposición de narrativas y estéticas dominantes, pareciera que todas las personas adoptan un modelo único de pensamiento.
Por ejemplo, redes sociales como TikTok e Instagram —plataformas de consumo rápido de formatos cortos— se han convertido en medios para imponer estilos de vida aspiracionistas y de hiperconsumo, así como estándares de belleza que generan una percepción distorsionada de la realidad.

No dejemos de lado que las redes centralizadas tienen el poder de limitar y censurar la visibilidad de contenidos que no vayan de acuerdo con sus políticas e intereses, afectando la libertad de expresión y restringiendo la diversidad cultural.
Nuestro papel como personas usuarias no es satanizar la globalización cultural o las redes sociales, sino tener conciencia de los contenidos que estamos consumiendo, una mirada crítica a lo que los algoritmos quieren mostrarnos y utilizar la tecnología como una herramienta para difundir nuestras tradiciones, saberes propios y el derecho a la información.
Redacción: Natalia García